—¡Bienvenido ceñó Feisbu!

—Gracias. ¿Podría indicarme la habitación?

—Por supuesto, suba la escalera, tuerza el pasillo hacia la derecha y la puerta que se encuentra al final del pasillo. Esa es su habitación.

—Muchas gracias.

—Aquí me tiene para lo que necesite y ya sabe, si no me encuentra aquí puede llamarme al número de teléfono que aparece en la tarjeta.

—De acuerdo.

Había recorrido más de 600 kilómetros para llegar a este pueblo, así que Martín Feisbu estaba totalmente agotado, su cuerpo ya no daba más de sí, las carreteras para llegar hasta allí no estaban en muy buenas condiciones, eso y el madrugón que se había dado fue un cóctel molotov para su cuerpo que cayó desplomado en el catre.

A la mañana siguiente Martín se levantó lentamente, se sentía como un trapo recién escurrido, «me siento como si un tren hubiese pasado por encima de mí y después una manada de miles de caballos hubiesen bailado una jota sobre mi cuerpo» pensó para sus adentros antes de dirigirse al cuarto de baño.

Abrió el grifo de agua caliente y rocío su cara con ella con el objetivo de despejarse y poder así afrontar el largo día que le quedaba por delante. Hacía mucho frío, era una mañana de noviembre y Martín se disponía a comenzar su día con fuerza. Abrió la puerta y ya escuchaba jaleo en el salón común de aquella humilde pensión.

Al bajar las escaleras, justo a su derecha se podía ver un sofá largo acompañado por un par de sillones de dudoso gusto y justo en frente una pequeña televisión que en ese momento emitía las últimas noticias.

—Buenos días —dijo en voz alta Martín con la intención de llamar la atención de los dos huéspedes que se encontraban ensimismados mirando la pequeña televisión.

—Buenos días —respondieron al unísono los dos hombres uniformados.

Por su aspecto y por el gran logotipo blanco que ocupaba casi toda su espalda «ELECTROMERO S.L.» debían trabajar para alguna empresa de electricidad, pantalón multibolsillo de color azul marino, camisa celeste con chaquetilla del mismo color que el pantalón y encima un chaleco acolchado sin mangas.

—¡Cago’en to los muertos de los vascos! —exclamó uno de los electricistas que no quitaba ojo del diminuto televisor.

—¿Perdone? ¿Qué ha ocurrido?—preguntó Martín para intentar dar una explicación a tan semejante improperio.

—Que los hijos de puta esos de la ETA se han cargao a otro policía. Pobre muchacho, seguro que estaba casao y to.

—Yo los cogía y los colgaba de un árbol. ¡Cabrones! —esgrimió el compañero.

Martín ante la mirada asesina de sus compañeros de pensión sólo atinó a balbucear un…

—¡Vaya! si, es una pena.

Los dos electricistas se levantaron como un resorte y abandonaron la sala en silencio con cara de rabia e indignación.

Martín también se disponía a dejar la pensión cuando oyó unos gritos a lo lejos.

—¡Ceñó Feibu! ¡Ceñó Feibu! ¡Ceñó Feibu!

—Feisbu, si dice Feisbu —corrigió Martín al recepcionista y dueño de la pensión.

—Disculpe ceñó Feizbu.

—Feisbu, con s. Bueno ¡déjelo!.

—Pues eso ceñó Feisbu, que tiene una llamada muy importante, sólo tiene que descolgar el teléfono del mostrador. No me ha dicho ni quien es, sólo que es importante.

—Está bien, gracias. Ya contesto.

Martín se dirigió al mostrador que estaba tras él y descolgó el descolorido teléfono que había pasado varias etapas durante estos últimos años pasando del blanco inmaculado hasta el amarillo lejía y por toda la gama de colores que caben entre ellos.

—Buenos días. El señor Feisbu al aparato.

—Déjese de formalismos señor Feisbu o debería llamarle agente Málcomer.

—Shshshshsh no deberías hablarme así por teléfono. Aquí las paredes tienen oídos.

—Está bien, está bien. ¿Cómo estás? ¿Has dormido bien?

—Bueno, he dormido en lugares peores. Me encuentro fenomenal, aún no he salido de la pensión así que tampoco puedo contarte mucho más. Llegué ayer por la noche, el camino fue largo y pesado, la carreteras dejan mucho que desear y el coche tendría que haber sido renovado hace años, pero bueno, aquí estamos dispuestos y con ganas a hacer lo que se me ha encomendado.

—Supongo que tendrás contigo la máquina de escribir.

—Por supuesto señor—afirmó Martín.

—Ya sabes, debes enviarme una carta todos los días, no me cuentes nada por teléfono y sobre todo jamás me llames. Yo me pondré en contacto contigo si es necesario. Buena suerte, confío en ti Martín, eres mi mejor hombre en el cuerpo.

—Gracias señor. Quédese tranquilo. No le defraudaré.

—Lo sé. Por eso está usted ahí. Buenos días y hasta pronto.

—Adiós.

Martín colgó el teléfono y antes de que su mano soltara el auricular apareció de nuevo Manuel, el dueño de la pensión, más conocido en el pueblo como Mané el pensionista quien llamó la atención de Martín con mucho ímpetu.

Ceñó Feisbu ¿le apetece un vaso de leche calentita?. Es de vaca recién ordeñá, se la compro a María la lechera que vive a dos pasos de aquí.

—Seguro que está muy buena pero ahora mismo no puedo, tengo que salir, ya sabe, asuntos que resolver.

—Disculpe mi atrevimiento pero ¿es usted periodista?

—¿Periodista? No hombre no, que va. Soy antropólogo.

—¿Atopólogo? ¿qué es eso dios mío de mi arma?

—Antropólogo, digamos que se puede decir que me dedico a estudiar a las personas y cómo éstas se comportan en su entorno.

—Entonces ¿usted es de esos que van limpiando los huesos con un cepillo de barrer?

—No exactamente, pero si, algunas veces también barro huesos.

—Ah muy bien, pues nada ceñó Feisbu, no le entretengo más, le dejo ir que seguro que tiene muchas cosas que hacer.

—Pues sí, ya nos vemos luego. Adiós.

Y por fin después de una hora Martín pudo salir de la pensión, se asomó a la puerta, miró a su izquierda y luego a su derecha, cogió una moneda de cinco pesetas y la lanzó al aire y acto seguido la atrapó con su mano izquierda. «cara derecha, cruz izquierda» se dijo así mismo. Y salió cara, así que emprendió la caminata bajando la cuesta que se precipitaba a su derecha.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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