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París, la ciudad del amor, la ciudad del terror

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Algo está pasando en el mundo y no queremos verlo. Algo muy gordo, algo que se nos escapa de las manos. Los atentados sufridos en París ayer por la noche es la prueba evidente de que no tenemos el asunto yihadista controlado, ni mucho menos, es más se puede confirmar que estamos ante la amenaza más terrorífica de los últimos tiempos y lo peor de todo, no hay medicina para resolverlo. París, ciudad encantadora, popularmente conocida como la ciudad del amor, la ciudad a la que todos nos gustaría visitar con nuestro verdadero amor, con nuestra novia, novio, amigo íntimo, amiga íntima, mujer, marido, se ha convertido una vez más, y ya van dos veces en el mismo año, la ciudad del terror, la ciudad de los sueños rotos.

Más allá de la centena de muertos, más allá de los heridos, más allá de haber estado en el momento equivocado, en el lugar equivocado, en el “no tengo ganas”, “anda vente” y al final acabas yaciendo en el suelo y el alma viajando más allá porque alguien en nombre de un Dios que sólo ellos son capaces de ver han decidido que ayer fue tu última cena, tu última copa, tu último te quiero, tu último beso, tu último “mañana nos vemos”. Dudo mucho que su Dios fuera cómplice de tal barbarie, más bien es la excusa para hacer el mal, la maldad existe, no te engañes, hay gente mala y aunque utilicen el nombre de su Dios para canalizar su ira, su infelicidad, su frustración, ese Dios no tiene nada que ver con lo que está pasando, es la ignorancia de algunos seres humanos (me duele llamarlos así, no se lo merecen) la verdadera causa de todo lo acontecido. Mentes malvadas, que no ven más allá de lo que alcanzan sus ojos, que no oyen nada más que lo que les rodea.

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Que pena de aquellos que abrieron las puertas a la libertad, a la democracia, a no pre-juzgar a nadie antes de conocerlo, que pena los que compartieron sus barrios, sus gentes, sus esfuerzos con otras personas, de otras partes del mundo y acaben de la peor forma posible. Muertos. Los gobiernos tienen un duro trabajo por delante. Se que no están con las manos quietas, siempre se está actuando pero por lo que se ve no de la forma más correcta. La libre circulación de ciudadanos es un derecho, pero hay que regularla de alguna forma, no se puede acoger a este tipo de monstruos, hay que invertir tiempo, esfuerzo, dinero para investigar, seccionar las redes sociales donde se fraguan muchos de los ideales, hay que globalizar el problema, hoy es en Francia, mañana puede ser en España o Alemania, nadie está libre de culpa, todos somos víctimas, los gobiernos tienen que hablar, pero más que hablar, actuar, llegar al fondo del problema que no está en Francia, sino en países rotos y ahí también tenemos gran culpa, hemos roto muchos países y hemos dejado millones de parias caminando caminos que no llevan a ninguna parte, debemos mirarnos el nuestro propio ombligo y ver donde hemos fallado, si les vendemos armas para que se maten entre ellos, al final todo cae, todo pesa, y todo se vuelve en contra de uno. Eso tendríamos que mirarlo porque una parte nos compete a nosotros, a la sociedad moderna de la Europa Occidental y el todopoderoso EE.UU.

Hoy la ciudad del amor debe prevalecer al terror, no hay que callarse, hay que actuar ya, de lo contrario todas las ciudades del mundo pueden llegar a convertirse en ciudades del terror y eso hoy día, una sociedad como esta, con los años de evolución que hemos sufrido, padecido y luchado no podemos permitírnoslo. Siento que todo esto hará más daño a quienes huyen de las atrocidades del mal en países como Siria, Irak o Afganistán. No podemos meter a todo el que huye en el mismo saco, el problema no es ser musulmán, el problema es ser yihadista y afortunadamente no todos los musulmanes son yihadistas, muy al contrario por lo que sé, hay más musulmanes que yihadistas que no dejan de ser la minoría. En cualquier caso, habrá que ver cómo se gestiona el asunto a partir de ahora porque estamos ante el reto más complicado que ha tenido Europa en los últimos trescientos años.

Mi pésame para todos los franceses, comparto su dolor, su indignación y su tristeza. Je suis Paris.

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